Ricardo
Sánchez, cuando hacía sus estudios en la Escuela Técnica, cuando
le daba una mano a su padre en el taller de electricidad, o cuando
intentaba avanzar en la carrera de Ingeniería, no imaginaba que
pocos años después pisaría el suelo de la Antártida, y que desde
ese momento iba a volver una y otra vez, transformado en un
especialista en la medición del ozono.
Sánchez integra el equipo del
Servicio Meteorológico Nacional, y hoy se encuentra en la
Antártida esperando el avión Hércules que el miércoles o jueves
llegará para poner fin al experimento que iniciaron hace tres
meses. Es uno de sus tantos viajes, algunos con estadías de un
año.
La entrevista con La Campaña
se inició tras un primer mensaje por correo electrónico.
Sorprendido de recibir un e-mail de Chivilcoy, respondió con agrado
a la posibilidad de la charla con nuestro diario.
"Estoy en base Marambio
participando de un experimento llamado QUOBI, que se realiza con
científicos de varios paises de Europa, Estados Unidos, Japón y
Australia", decía en su contacto por Internet.
"Este experimento dura tres
años. Primero se hizo en el Polo Norte, ahora en el Polo Sur, y por
ello, desde el 11 de junio, Sánchez se encuentra en la
Antártida", explicó.
Ricardo salió de Chivilcoy rumbo a
La Plata en 1984 para estudiar Ingeniería. "Hice un año en la
Facultad en La Plata. Necesitaba trabajar, y me fui a Buenos Aires.
Seguí con los estudios, hice hasta el tercer año, y abandoné
porque se me dio la posibilidad del primer viaje a la
Antártida".
-¿Cómo se dio la oportunidad?
-Un profesor que tenía en
la Universidad era empleado del Servicio Meteorológico (SMN).
Teníamos que hacer un trabajo, y fui seleccionado para entrar al
SMN. Esto fue en 1987.
Aprendí a manejar las
técnicas de los equipos que miden Ozono. Esto me
relacionó con la actividad en Antártida debido al fenómeno
del Agujero de Ozono (el SMN comenzó a medir ozono en Antártida en
ese año).
-¿Cuándo fue el primer viaje, y
cómo se decidió, porque evidentemente no es para cualquiera?
-Fue en 1989. La verdad es
que fue una decisión que tomé sin estar muy conciente de ello.
Cuando me hablaron de la Antártida
inmediatamente sentí que tenía que conocerla. Tenía 25 o 26
años, y no tuve dudas. Cuando me di cuenta ya estaba metido en
esto.
En 1992 hice la primera campaña de
un año. Fui a otra base, una que se encuentra a unos 1.500
kilómetros más al sur, que es la Base Belgrano.
Desde entonces estoy conectado con
la actividad en la Antártida. Luego vinieron varios viajes cortos,
para instalar o reparar equipos.
Casi sin proponérmelo -y sin darme
cuenta- una cosa llevó a la otra, y me fui especializando en la
materia.
He tenido la suerte de hacer varios
cursos en el exterior, con especialistas de primer nivel.
-¿Qué recuerda del primer día
que pisó suelo antártico?
-Hace mucho tiempo....
Pasaron muchas cosas en mi vida en la Antártida, y la verdad es que
no tengo un registro del primer momento.
Esto es impresionante. Uno puede
quedar fascinado, o todo lo contrario. Conozco gente que viene una
vez, y decide no volver nunca más, porque extraña o porque no se
adapta.
EN LA ANTARTIDA
-¿Cómo es la rutina en
la base?
-En Marambio somos 38
personas. Cada uno tiene su especialidad. Nos levantamos alrededor
de las siete y media u ocho de la mañana. Nos encontramos todos en
la mesa a las doce y media, para el almuerzo, y a las ocho y media
de la noche para la cena.
Mi trabajo empieza con el
lanzamiento de un radiosonda. Un globo pequeño. Es una actividad
que hacemos durante toda la mañana. Luego se transfieren los datos
a Buenos Aires.
Después del almuerzo algunos hacen
siesta, y un día como el de hoy (viernes), que tenemos temporal,
con vientos muy fuertes, no podemos hacer nada, no hay actividad en
el exterior.
Con el correr de los años han
cambiado mucho las cosas acá. Ahora hay teléfono, Internet, y uno
está mucho más en contacto con los seres queridos.
Hay que tratar de pasar el tiempo trabajando, haciendo cosas.
-¿Cuánto tiempo dura el temporal?
- Generalmente son de tres
o cuatro días a una semana.
-¿Cuántas bases argentinas hay en
la Antártida?
-Argentina tiene seis bases
permanentes en Antártida (de las cuáles conozco cuatro).
En cada base, la vida y las
costumbres varían, en algunas hay televisión, en otras no, en
algunas hay Internet, en otras no, en algunas hay fauna y en otras
sólo hielo y montañas... pero todas tienen un denominador común:
el clima.
Hoy tenemos 18 grados bajo cero de temperatura.
Aquí llega un momento del año en
que ademas del frío hay que combatir la rutina. Hay que tratar de
estar ocupado y mantener la calma.
La ansiedad y ponerse a
"pensar" hace que el reloj se detenga, y los días se
hacen interminables...
-¿Cómo define la experiencia de
vida?
-Este trabajo que por
suerte me tocó, se reparte entre Ciencia y Aventura.
A esta altura venir a la Antártida
ya no me resulta sorprendente. De todos modos siempre está la magia
de ver estos paisajes... quienes vivimos muchas cosas por estas
latitudes deseamos no pasar mucho tiempo sin volver.
La Antártida me ha dado una
experiencia de vida única.
He participado en campamentos, he volado en helicópteros, aviones
que aterrizan en el hielo, he navegado en barco...
He recorrido más de 2.500
kilómetros en moto, con trineos por la barrera de Hielos Filchner
para llevar un instrumento a tomar datos del agujero de ozono lo
más al sur que se pudo, y he permanecido allí durante tres meses
en carpa... la verdad es que tengo innumerables anécdotas.
Todo eso hace que sienta particular
afecto por este continente.
Aquí uno aprende mucho acerca de sí mismo y de sus propios
límites. Aquí, en el silencio, en la inmensidad del paisaje,
aprendés a conocerte mejor que con un psicólogo.
La
relación con Chivilcoy
Periódicamente Ricardo vuelve a
Chivilcoy, para visitar la familia, los amigos, y particularmente a
su madre que vive en la casa en la que se crió, en la esquina de
Conesa y Luis Mohr (Colón).
Es casado, con Lucía, a quien
conoció en su épocas de estudiante, en La Plata. Juntos probaron
suerte en Buenos Aires.
Tienen dos hijas, Agustina, de 11 años, y Camila, de 3.
Cuenta que guarda muchísimos
recuerdos de Chivilcoy, de los amigos, del taller de su padre en la
esquina de Chacabuco y Paso -donde reparaba heladeras-, y que a pesar de estar
radicado en Buenos Aires, se considera un chivilcoyano: "Acá,
en la Antártida, hay gente de todo el país. Cuando nos conocemos, y me
preguntan de donde soy, siempre me sale decir: 'de Chivilcoy".