Crónica de una guardia de Hospital, Por Andrés Pinotti

Crónica de una guardia de Hospital, Por Andrés Pinotti

Afuera ya no llueve. Algunas nubes oscuras cruzan el cielo y un viento helado le corta la cara al hombre de seguridad que cabecea somnoliento en la puerta de entrada del Hospital. Es viernes a la noche y en los pasillos del lugar sobrenada una calma intranquila. El de seguridad se sube el cuello de la campera e ingresa en la sala de la Guardia General silbando un tema de Vicentico.

Adentro, el médico de turno le coloca un suero a un enfermero pelado y barrigón que yace dolorido sobre una camilla. Al parecer sufre de cólicos renales, no es la primera vez que le sucede, por eso lo toma con naturalidad y se permite bromear al respecto:
– Creo que estoy embarazado – dice y le suelta una mirada cómplice al médico.

La sección de Guardia se compone de tres salas chicas, una contigua a la otra. En las tres hay camillas y pequeñas mesadas de mármol que guardan jeringas, gasas y demás elementos. De las paredes cuelgan estetoscopios, expendedores de guantes de látex y varias bolsas de suero.

El médico de Guardia tiene 35 años pero aparenta menos, lleva un ambo color verde agua y zapatos de cuero marrón. Está incómodo con mi presencia, esquiva mis encuentros y se limita a sonreír durante algún comentario. Pero en la ronda de mates afloja.

-Somos dos médicos que estamos siempre. Normalmente nos turnamos así uno de los dos puede descansar- comenta con timidez y mira como si recién me descubriese. Una enfermera cuarentona pintada como una puerta lo escucha acodada a una mesada.

En los momentos libres, el médico y los enfermeros toman mate en un cuarto angosto y húmedo que está a unos pasos de las salas. Allí algunos mantienen charlas con silencios eternos, producto del sopor nocturno; otros fuman y me miran el guardapolvo blanco que llevo puesto. Esa fue la condición para poder ingresar a la sala cuando haya pacientes.
– ¿Cuántos años tenés, Andrés? – me pregunta la enfermera
– Veintidós.
– Unos añitos menos que vos – le dice el barrigón de los cólicos a la enfermera.
Todos ríen.

Rockstar chivilcoyano

Paco llegó íntegramente embarrado y escoltado por dos policías que lo traen de la oreja. Se tambalea como una silla mecedora y sin perder la sonrisa de su rostro saluda a todo el personal. Tiene un par de litros de alcohol en la sangre, lo que lo ha llevado a discutir con un amigo. Él dice que hablaban, no que discutían.

– No tengo nada, doctor. Mire, tómeme la presión si quiere. Lo que sí, tomé un poco de vino – dice con voz pastosa
– ¿Vino solamente?
– Si, doctor, vino solo.
– Acostate.

El borracho tiene rasgos norteños, es extranjero. Se queja del barro que tiene en la ropa, sobre todo el de la campera blanca que aún no ha terminado de pagar. El médico le estira los párpados de los ojos y observa. Luego le toma la presión y se traslada a una suerte de escritorio.
– Edad.
Paco susurra un número inentendible.
– Tiene 30 – interviene uno de los policías.
– Nombre completo.
– Darío Marcelo González – dice Paco al tiempo que intenta agarrarse del marco de una puerta.

El médico completa el acta a trazo seguro. Es zurdo. Paco le estrecha la mano y el profesional le devuelve el gesto. Paco se va custodiado, parece una estrella de rock en decadencia.

– Los fines de semana cae siempre –cuenta el médico-. No tiene nada, en el acta aclaro que tenía aliento etílico y lo mando a la casa. Después de las cinco van a caer varios como éste.

La guardia parece haber perdido la tranquilidad. En otra de las salas una mujer se queja de un dolor de estómago. Se instala cuidadosamente en la camilla alisando su pantalón, está pálida y tiene la frente brillosa. Un enfermero le levanta una remera ajustada hasta el pecho para auscultarla y deja ver una cicatriz profunda de cesárea que le surca el abdomen fláccido. Después le coloca un suero y la deja en observación.

– Vinieron muchos con dolores de panza. Es viral, seguramente por el agua. Pero por suerte no pasa de ahí.

En el pasillo el marido de la mujer, un hombre desgarbado y de cara afilada, se pasea de un lado a otro con las manos en los bolsillos. Luego se derrumba en un banco, debajo de un fluorescente que parpadea, y se lleva un cigarro rubio a la boca. Recuerda que está en un hospital, se lo guarda en un bolsillo y masculla un insulto. Una chispa homicida relumbra en sus ojos.

La urgencia

Llueve desde hace unos quince minutos, el cielo está completamente cerrado. La enfermera mira soñadora por la ventana y el teléfono comienza a sonar. Del otro lado de la línea informan que está por llegar un accidentado en moto. Está grave. El personal apura el paso y el médico se manifiesta en un inflexible crepitar de órdenes.

– Mario, prepará la camilla. Vos, comunicate con terapia. Que me despejen el pasillo. ¡Dale, corré!

A través del vidrio esmerilado de la puerta principal se transparentan las luces verdes de la ambulancia que llega. Un médico abre la puerta y da paso a una camilla que ingresa rápidamente a una de las salas. Detrás, el hombre de seguridad contiene dificultosamente a un grupo de mujeres, todas bajas y obesas, que pugnan por acercarse al joven herido. En medio del desbande un enfermero sale de una sala e ingresa a otra. Los familiares estiran el cuello para indagar lo que sucede dentro y reciben un portazo que hace eco en todos los pasillos del hospital. El muchacho accidentado tiene contusiones en todo el cuerpo, un gran golpe en la cabeza y los pulmones llenos de sangre, lo que le dificulta la respiración. Emite un sonido angustiante que intensifica los llantos de los familiares que aguardan afuera. En unos instantes entrará en coma. Enseguida se llena de amigos y familia. Todos lloran. Una nena de unos ocho años, de cabello rubio ondulado, imita a sus familiares y maldice al aire. Al lado del tumulto un hombre, ajeno a los familiares del herido, aguarda sentado en un banco. Está inclinado hacia adelante, mirando al piso. Desde hace un par de horas siente dolor en el medio del pecho. No se preocupa tanto por su dolencia, sino por saber cuándo lo atenderán.

El joven accidentado queda internado en terapia intensiva con pronóstico reservado. La lluvia y alguna copa de más le jugaron una mala pasada. No llevaba casco y el golpe le produjo un hematoma importante, de modo que los médicos deberán aguardar 72 horas para ver la evolución y decidir si se realiza una cirugía. El ambiente del hospital vuelve a la calma alrededor de las 5 de la madrugada, justo en el momento en se realiza un cambio de turno entre enfermeros. Ingresa un hombre entrado en años, de bigotes anchos tostados de tabaco, y una mujer alta y de nariz prominente. Ella se pierde en una habitación. Él se presenta y no duda en cambiarse delante mío mientras pregunta cómo me está yendo. Después toma un mate y va a controlar a los pacientes. Desde hace unos minutos el médico de guardia despareció.

– Se fue a acostar, en un rato viene la médica – dice el enfermero de los cólicos.

Más tarde cae un ex alcohólico terminal, cuyo hígado fue consumido por la cirrosis, al cual le colocan un suero con algún calmante para que le aplaque los grandes dolores que sufre. El hombre del dolor de pecho que aguardó a que alguien de la guardia se desocupara para atenderlo, es dejado en observación. Mañana tendrá listos los análisis de sangre, al parecer no sufrió ningún infarto, un esfuerzo indebido le produjo el malestar. Cuando lo estaban colocando en una silla de ruedas para llevarlo a una habitación confesó que trabaja en un lugar donde levanta cajas.

El día amanece nublado y en las calles flota un vapor denso que pronostica otro día mojado. En un par de horas los médicos se irán reemplazando para ir a descansar a sus casas luego de una noche en vela. El enfermero barrigón sale afuera y examina la mañana. Habla por celular con alguien y asiente con seguridad las preguntas que recibe del otro lado. Cuando corta me cuenta que lo invitaron a comer un asado.
Parece haberse olvidado de los cólicos. A sus espaldas asoma el hombre de seguridad, que escapa del hospital enfundado en un camperón. Dice que ya no está para estos trotes, que se siente viejo. Sale caminado hacia el centro por la avenida Calixto Calderón y se pierde en la neblina matinal. El enfermero se sienta en un banco ubicado al lado de la puerta de entrada, apoya la cabeza contra una pared y cierra los ojos. El teléfono le suena de nuevo. Esta vez no atiende. Está dormido.

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