“FAN”, la historia fotográfica del rock en todas las salas del Pompeo

“FAN”, la historia fotográfica del rock en todas las salas del Pompeo

Dentro de los festejos del 163º aniversario dela fundación de Chivilcoy, este sábado, en el Museo Pompeo Boggio, quedará inaugurada la muestra fotográfica “FAN”, de Nora Lezano, un relevamiento en imágenes de la historia del rock nacional que cubre aproximadamente 25 años.

Lezano, en muchas ocasiones denominada “la fotógrafa del rock”, no es reportera gráfica: la música y los músicos son el tema de su obra artística y su valor no radica en “haber estado en el momento justo”, sino en “lo que ella decidió hacer en ese momento”.

Es fotógrafa y artista visual, nació en Buenos Aires en 1970.

Desarrolla su trabajo en la década de los 90, destacándose inmediatamente en el ámbito del rock. Sus retratos de artistas de la música como Charly García, Luis Alberto Spinetta, Gustavo Cerati, Liliana Herrero, Andrés Calamaro, Vicentico y Fito Páez -entre muchos otros- constituyen lo más representativo de su obra. Realizó, además, las fotos de tapa de numerosos discos, tanto de rock como de otros géneros musicales.

Santi Loza escribió sobre su trabajo

Una nota en la Revista Gente en los años ochenta sobre el grupo Menudo. Una foto de un tumulto de niñas alborotadas gritando. En el centro de la foto hay una congelada para siempre en su emoción. Es Nora.

Allí está. Extasiada y eterna queriendo que una parte suya se aproxime a lo que idolatra.

Muchos años después sacará fotos a otros gestos eufóricos. El placer voraz de quienes buscan ser rozados por lo extraordinario.

Un fan es alguien que siente admiración o entusiasmo por alguien o por algo. El objeto de admiración quiere ser poseído, está allí expuesto, como una meta inalcanzable. Permanente y luminoso como un faro.

El fan ha tendido un lazo invisible con el admirado, un hechizo que no se debe romper. Nora con sus fotos expande ese hechizo, lo multiplica. Se convierte ella misma en hechicera.

El fan tiene amor por su ídolo. Pero en el caso de Nora, ese amor, lejos de ser obsecuente, ciego, es un amor que le construyó una mirada.

Durante años Nora ha seguido y fotografiado a músicos.

Ahora, junta las partes que ha repartido en el viaje. Une las fotos para mirar el conjunto. Ahora se completa para volver a desunirse. El juego de los chamanes, de los intensamente vivos, romperse y recomponerse, de manera violenta, para ir, paulatinamente, rompiéndose cada vez menos. Hasta quedar unido, adheridos a ellos mismos.

Nora fue retratando, juntando marcas, detalles, rostros y al hacerlo, ha hecho un retrato suyo.

En la Nora retratada conviven tachones de cartas escritas a las apuradas, libros marcados, pilas de discos, objetos insólitos, misteriosos, juguetes imposibles y toda la noche.

Ahora regresa por el día y nos muestra lo que ha visto.

Nosotros miramos lo que vio. Y nos hacemos parte de su mirada.

Lo crucial en su oficio es la manera en que se fue vinculando a quienes retrató. Ella los miró con un cuidado infinito. Los adoró. Y ella misma se ha vuelto adorable.

Pero las fotos no son sólo la obra de Nora. La verdadera obra de Nora es lo que ha hecho de sí de manera delicada y brutal.

Uno se puede perder en la multitud de anécdotas de cada foto. Pero, al pasar de una a otra, se comprende que las fotos fueron un pretexto.
Lo que Nora buscaba era lo que la vinculaba con los otros. El hilo de plata transparente que la ligaba a los admirados. El amor en todas sus formas, la sublime y la profana.

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