[OPINIÓN] Hablemos de . . . La violencia

OPINIÓN

No vengo acá a justificar la agresión de aquel que arroja un objeto contundente hacia otra persona a riesgo de herirlo. Me parece mal y le hace el caldo gordo a quienes quieren desviar el centro de atención . . .

HABLEMOS DE . . .  La violencia

No vengo acá a justificar la agresión de aquel que arroja un objeto contundente hacia otra persona a riesgo de herirlo. Me parece mal y le hace el caldo gordo a quienes quieren desviar el centro de atención de lo que se está padeciendo y debatiendo en torno a la Educación y la falta de financiamiento. La metodología de los medios de des- información se repite, sea un encendedor, una botella o quemar las puertas mismas del Congreso nacional. Se pone la mirada siempre en el perejil, en el hecho anecdótico, o no tanto, de la violencia ejercida por el pueblo… la del poder de turno ni mu. El edil o el gobernante de turno se victimiza y la sociedad pacata se horroriza ante los desmanes, las paredes pintadas o las patas en la fuente. Cualquier gesto por fuera de los parámetros de la civilidad que ellos delimitan son blanco perfecto para los deditos señaladores y las opiniones de café o té de la tarde, como más le guste.

Ojalá nunca existiera la violencia, maldita partera de la historia. Una historia patas arriba, regada de injusticias, donde las mayorías son débiles y las minorías fuertes.

Quiero usar este espacio de reflexión mañanera, de domingo con solcito, para preguntarme/nos, si ese acto de violencia puntal, escenográfico, dramático, el del objeto contundente cortando el aire viciado del Honorable Concejo Deliberante, no es producto de una violencia mayor. La de la indiferencia y la de la soberbia. Esa violencia que practica el poder y a la que nos tienen tan acostumbrados algunos políticos.

¿No es violento acaso que la máxima autoridad en la educación local no dirija ni una sola palabra ante la emergencia edilicia y se esconda detrás de su celular toda una sesión del HCD, dándole vuelta la cara al reclamo multitudinario de alumnos y docentes?

¿Qué es más violento, los destrozos de una manifestación enardecida o a represión policial? Violencia es cuando se corta una ruta… y cuando mienten en las campañas, cuando manosean la democracia, cuando se financian con guita sucia, cuando hipotecan el futuro de las próximas generaciones tomando deudas. ¿Eso no es violencia? Violencia de los bajos salarios, de los despidos, de los pibes con hambre, de los derechos postergados.

¿Hay una violencia injusta y una violencia justa? ¿Quién lo determina? No lo sé, habría que preguntarle a Dario Zstajnszajber.

Lo que sí creo, es que parece haber una violencia legitimada y naturalizada que nos ofrece el poder para aquietarnos y asumir pasivamente las injusticias. Una violencia sutil que practican con impunidad quienes ejercen la autoridad sin escuchar y sin rendir cuentas. Es parte de una cultura política, donde el que dice representarnos cree estar por encima del resto de los mortales y se distancia demasiado del sentir del común de la gente. Es un vicio de nuestro sistema democrático, entre tantos. Y cuando el pueblo se harta y nos rebelamos ante esa invisibilización del otro, del que reclama, aparece la otra violencia, más cruda más concreta, más palpable, la de garrote y las balas. La de a muerte. Una violencia subyacente, y otra superficial. Una de todos los días y otra cada tanto para recordarnos quien es el que manda. Parece mentira, pero la primera me resulta aún más dañina porque se esconde en los intersticios de la institucionalidad. Como un modelo económico, como “necesarias políticas que debemos asumir”, “como una tormenta que debemos atravesar”.

No adhiero a agredir a nuestros representantes, pero tampoco me como el discurso de los violentos de siempre, como si ello/as no practicaran la violencia de los fuertes, la de los impunes, la del poder.

Ojalá podamos vivir en una sociedad sin ningún tipo de violencia. Para eso necesitamos ejemplos claros y urgentes de quienes dicen representarnos. De las instituciones, de nuestros gobernantes. No nos pidan que seamos sumisos ante tanta violencia, porque estamos entendiendo que la violencia no es buena, pero a veces se vuelve la única herramienta para que nos hagamos escuchar. Entiéndanlo de una vez por todas, la paciencia de los de abajo, la del pueblo, que aguanta y sufre no en infinita. Y cuando se ejerce la violencia de arriba, la violencia del débil, del desamparado, se vuelve legítima.

Ezequiel Caselles